martes, 18 de diciembre de 2012

Día ciento cincuenta y siete.

Yo he venido aquí a hablar de las lágrimas del Sol y la risa de la Luna. Del viento que gime y de la lluvia que me cala por dentro. A contar que sigo acunándome sola en la nada a mí misma esperando un Morfeo que me lleve en brazos a un jardín de sueños.

Sigo gritándole a las nubes que paren y me lleven con ellas a un Hotel California.

Mi nombre es Selene y mi cuerpo es eterno. Mis ojos son luz y mis labios miel y hiel, ¿y tú? ¿Qué desean tus ojos? ¿Qué tierra pisan tus pies? Yo no tengo pies, floto entre las sombras de los hombres sin dejar que me vean. El fulgor que desprende mi blanca piel solo es visto por niños y ancianos a quién ya nadie escucha.

¿Tú crees que me ves?

No, mentira. Yo soy invisible y tú no eres real.

Me cuelgo en las ramas que dan forma a tu cama esperando que te duermas para poder verte de cerca. Tus ojos, tu piel, tus pies. Luz, fulgor y vacío.

Y vacío otra vez. Siempre vacío.





Selenita.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Día ciento cincuenta y seis.

El vacío inerte se ha llenado con un mar verde infinito. Y aquí está ella, ictérica perdida, que no histérica aunque también. Ya lo dije, las estrellas deben brillar en el cielo. Pero no, las estrellas nos rodean y bailan con su baile roto a nuestro alrededor y ella... Ella se siente rodeada y rota, roteada-toreada-rodeata y así todo el día. 

Yo la he visto, la he visto marcarse un Zarzamora y casi arrancarse a tiras la piel. La he visto comer cal de las paredes y tierra. Y vuelta a empezar. También he sido testigo de cómo maldice a cada pequeño astro que la rodea dando patadas a un aire vacío. 

Porque al final todo es vacío. Ella tiene el corazón vacío y la cabeza también. Las palabras, también vacías, se agolpan a las puertas de su boca y no dice nada por miedo. Miedo. 

Ella es una canción lánguida que habla del bien y del mal. Del sol y del mar. Del color del cielo y el del azafrán.