Día doscientos veinticinco.
A veces fantaseo con parar. Con dejar de. Ser. Y puedo escuchar el silencio posterior. La nada. Y me tranquiliza y no me da miedo y no es una búsqueda activa, no, ya no, pero a veces fantaseo con parar. Esto lo he dicho ya. Imagino el silencio (esto también lo he dicho) y en él, al fondo, marcando el ritmo puedo escuchar los suisclac de un cubo de Rubik siendo resuelto. Pero de esos cubos que se deslizan haciendo suis y que bloquean la posición haciendo clac. Suisclac. Yo tenía un cubo de Rubik que no deslizaba bien, alguien le echó vaselina, empezó a deslizar peor, supongo que eso (y esta concatenación de comas sin sentido) lo resumen todo bastante bien. A veces paro. A veces imagino que paro. Un segundo nada más. Y se hace el silencio y el dolor se calla. Se calla un segundo. Un segundo nada más. Luego vuelve acompañado del retumbar de sus carcajadas. He decidido que a la voz que siempre me quiere putear le voy a poner nombre de hombre, aunque sea mi propia voz y sea yo misma mi mayor enemiga, pero es que me parece más fácil mandar callar a un hombre que a una mujer, sea ella quien sea. Incluso aunque sea yo. Incluso aunque. No, eso no podría.
Cuando fantaseo con parar todo para. Y me abruma la calma. Primero me calma, me tranquiliza, me sosiega. Luego me abruma. Pero estoy tan harta de todo que hasta más de dos minutos de silencio me ponen de los nervios. Dos minutos de calma. Dos de paz. Dos de silencio de la nada del vacío. Cuando fantaseo me gusta imaginar que me abrazan el vacío, la nada, el silencio. Es reconfortante. Al menos durante tres minutos. Cuando me abrazan más de tres minutos, me mareo. Me vacío de todo. Me dejo llevar, pero pierdo la calma al no saber dónde voy. ¿Dónde vamos? ¿Cuánto falta? ¿Queda mucho? Han pasado tres minutos. Ya.
Si fantaseo con parar más allá de los cuatro minutos siento la presión en el pecho. Sé que lo viene. Sé lo que toca. El martilleo en los oídos, la presión en las manos, el leve zumbido al fondo de los ojos. La confusión repentina. ¿Qué está pasando? Pero sabes, lo sabes, sabes perfectamente lo que te pasa. El pulso, notas el pulso. Ya no es tranquilo, ya no va acompasado, se desboca y no tardarás en hiperventilar. Porque han pasado cinco minutos.
Fantasear con parar cuando acaricio los cinco minutos con las yemitas de los dedos, me lleva al borde. Al borde donde ya he estado. Al borde resbaladizo y traicionero. Al borde que huele a miedo y dolor. No puedo fantasear más de seis minutos con parar. Con dejar. De. Ser. El barro lo hace todavía más resbaladizo y, últimamente, ha llovido mucho. Casi todos los días. Casi a diario. Casi todas las horas.
Han pasado siete minutos. Treinta y siete años.
Sigo aquí.
Jódete, José Luis.
*MissLess
(José Luis es el nombre que le he puesto a la voz de mi cabeza)
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