Día doscientos veintiseis.
Hacía tictac, pero no era un reloj. Tampoco una bomba. Pero hacía tictac. Tampoco era un intermitente, pero podría haberlo sido. Hacía tic y luego hacía tac. Grababa cristales con los mismos surcos que deja el tiempo en las caras y luego se quejaba de que se colara el polvo entre ellos porque era alérgica. Eso decía. Era alérgica a demasiadas cosas: al polvo, al dolor, al sol de madrugada, a las nubes sinérgicas, al frío de una gota de rocío y al cristal de las bolas de cristal (esto lo decía porque le daba pavor que le leyeran el futuro, prefería no saber). Y, a la vez, necesitaba saber y el ansia de saber provocaba que quemara, que destrozara, que masacrara todo lo que se cruzaba en su camino, empezando por sí misma. Era alérgica a la Luna, menos en días de eclipse. Y los perseguía por todo el mundo. Porque, pese a su alergia, adoraba a Selene y necesitaba verla constantemente. ¿Cómo se puede ser alérgica a la Luna, verdad? Ya, yo también me lo pregunto. La conocí en uno d...