Día doscientos veintiseis.
Hacía tictac, pero no era un reloj. Tampoco una bomba. Pero hacía tictac. Tampoco era un intermitente, pero podría haberlo sido. Hacía tic y luego hacía tac. Grababa cristales con los mismos surcos que deja el tiempo en las caras y luego se quejaba de que se colara el polvo entre ellos porque era alérgica. Eso decía. Era alérgica a demasiadas cosas: al polvo, al dolor, al sol de madrugada, a las nubes sinérgicas, al frío de una gota de rocío y al cristal de las bolas de cristal (esto lo decía porque le daba pavor que le leyeran el futuro, prefería no saber).
Y, a la vez, necesitaba saber y el ansia de saber provocaba que quemara, que destrozara, que masacrara todo lo que se cruzaba en su camino, empezando por sí misma. Era alérgica a la Luna, menos en días de eclipse. Y los perseguía por todo el mundo. Porque, pese a su alergia, adoraba a Selene y necesitaba verla constantemente. ¿Cómo se puede ser alérgica a la Luna, verdad? Ya, yo también me lo pregunto.
La conocí en uno de aquellos eclipses. Histórico. Bestial. Eclipse total. La encontré apoyada sobre un muro, con los codos marcados por los nervios, las uñas ya no existían, los ojos perdidos detrás de aquellas gafas cegadoras, blackalizadoras, toda ella una palmera en un huracán. A su alrededor risas, algarabía, jarana, jajas. Pero ella no. Ella estaba seria, nerviosa, ¿preocupada? Parecía preocupada. Le pregunté si estaba bien y, sin mirarme, contestó que sí, gracias. Le dije que si estaba segura y, solo entonces y tras quitarse las gafas, me miró y pareció darse cuenta en ese mismo momento de que estaba rodeada de gente. Creo que había llegado allí la primera, a saber cuándo, a saber cuántas horas había pasado allí. Poco a poco el mirador de eclipses improvisado, se había llenado de gente sin que ella se hubiera percatado. Ahora miraba a su alrededor como si hubiera olvidado qué hacía allí o como si desconociera el motivo por el que había allí tanta gente.
Estoy bien, me dijo de nuevo y volvió a apoyarse sobre el muro, entonces algo pasó por su cabeza, se giró y me lanzó una levísima sonrisa. Me acerqué y me coloqué a su lado. Nos pusimos las gafas a la vez y miramos al Sol que, cada vez más, iba siendo eclipsado por la Luna. Nada de metáforas hoy.
Y empezó a hablar. Me contó todas aquellas cosas sobre sus alergias y, antes de que nos diéramos cuenta, llegó la corona solar. Un murmullo de emoción recorrió los alrededores saltando de alma en alma. Todos los presentes parecían al borde del llanto, después la frase "nunca había visto nada igual", no dejaría de sonar. Durante algo más de treinta segundos, todos fuimos un único ser que respiraba y suspiraba a la vez. Fue hermoso, abrumador. Pero pronto, todo terminó. Nosotras seguimos hablando durante todo el rato posterior hasta que la Luna dejó de tapar al Sol y entonces ella hizo tictac.
Primero tic.
Luego tac.
No volví a saber de ella. Supongo que quiso saber demasiado y acabó con todo de un plumazo. Mejor culparla a ella por querer saber, que a quien fuera que le diera los motivos.
Hizo tictac.
*MissLess
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