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Día ciento noventa y siete.

Me persigue un hilo rojo infinito que se lía y se deslía y se vuelve a liar y no hago más que decirle que no porque hay toque de queda y no me quiero quedar más tocada. Recorre cada centímetro de mi mente y luego me deja desmadejada y desmaquillada sobre la alfombra porque el frío es así. Yo qué sé. Hay un hilo rojo que te une a no sé quién.  Me está haciendo ahora efecto el beso que me diste hace doscientos cincuenta y ocho años, creo. Cortinas que caen y bum. Que no. ¿Nos confinan? De momento no y menos mal, porque no puedo pasar seis meses encerrada en una cárcel de mentiras y de juegos otra vez. Seises.  Todo mi apellido y lo que soy por un DeLorean. Que me lleve allí y te salve de romperte el cuello. Otra vez. Lo de ver pasar toda la vida ante tus ojos debe ser una movida peculiar. Naces, creces, te equivocas, te equivocas, te equivocas, te equivocas, te equivocas, te equivocas y ves pasar toda tu vida ante tus ojos. Bajo, cabe, con, contra y por detrás cucutrastrás....

Día ciento noventa y seis.

¿Nunca te has mirado al espejo y te has dicho: "esto no es lo que yo merezco"?  No puedo más. Un año sufriendo sin parar todos los días mientras me daba un pellizquito de cariño y esperanzas solo para jugar conmigo. Solo para verla a ella. (Muy bonito para con ella, muy inhumano para conmigo) No puedo más. Un año esperando llamadas que nunca van a llegar... Qué crueles son los niños, ¿eh? Jugando al balón prisionero con la palabra "amistad". Sois. Da igual lo que escriba porque ninguna petición de auxilio acaba nunca bien. No será que no os lo estoy rogando. Pero sois como el sol. Amarillos, lejanos y siempre quemando donde no debe. Qué calor. Qué dolor. Qué pérdida de tiempo y esfuerzos y qué forma de acabar con mis esperanzas. Por el camino perdí la confianza y está el kilo exageradamente caro así que no creo que me la pueda permitir de nuevo. Porque te dicen que te quieren pero cuando te das la vuelta (o sin dártela) ya le están diciendo a la Luna cosas que tú ja...

Día ciento noventa y cinco.

Dicen que las sombras son silenciosas pero ¿y si sencillamente son vergonzosas? ¿Y si tienen tanto que contar que les agobia el exceso de información? ¿Y si se aturden porque son tímidas? ¿Alguna vez le has preguntado a tu sombra si tenía algo que decirte?  Yo creo que saben más de lo que podemos llegar a imaginar. ¿Cuándo te has visto tú de espaldas? Pues ellas todo el rato. No hablan, no gritan, no susurran... ¿estamos seguros de esto último? Porque yo juraría que acabo de oír algo.  Creo que las sombras hacen frufrú cuando se mueven. Son silenciosas, sí, pero también sonoras a ratos. ¿Nunca has escuchado un eco al caerte? Será que yo estoy acostumbrada, no sé. Pero eso es algo que no puedes rebatirme, las sombras hacen ruido cuando se mueven ( frufrú , frufrú , como la túnica de un nazareno) y también hacen ruido cuando se caen. Bueno, cuando te caes tú, claro. La próxima vez que lo hagas intenta prestar atención, como al medio segundo escucharás un sonido característico y ...

Día ciento noventa y cuatro.

No puedo decir que haya vuelto porque nunca se fue. Sigue en mi cama como todos estos años. Ya ni recuerdo cuándo ni cómo fue la primera vez. ¿Sería especial? No lo creo. Muy probablemente fuera fruto de algún error. Algún error que sigue aún aquí. Horror. Qué horror tener esta memoria que no olvida nada. Ni lo bueno ni lo malo. ¿Qué es peor? Porque lo malo te hace ver la verdad y lo bueno te hace ver lo que creías que era verdad y que nunca tuviste. Pero ahora calla, shh. Porque ha vuelto el que nunca se fue porque echarlo es imposible cuando has aprendido tanto tras tanto tiempo a su lado. Ha vuelto el insomnio.

Día ciento noventa y tres.

No es una locura querer que te quieran. Que te adoren. Que te deseen. Es una locura lo otro. Conformarse. Rendirse. Convencerse. Engañarse. Es una pena. Es una pena que los locos no nos gobiernen. Que lo hagan los otros. Que los locos nunca tengan razón. Que sean constantemente ignorados. Es una pena que ellos sepan lo que quieren y que tú sigas su camino de locos sin sentido ni destino. En fin.

Día ciento noventa y dos.

Ojalá no tener que vivir una vida invivible. Ojalá no tener que sentir un dolor doloroso. Ojalá.

Día ciento noventa y uno.

Y parecía que iba a aparecer en cualquier momento. Me duelen los riñones de reírme si es que eso es posible o una razón. Los pies no porque ya paso tanto de todo que ni tacones si no me apetecen. No. No recordaba nunca una situación similar en la que me hubieran hecho caso y, joder, qué bueno volver a sentirse querida. ¿Volver? Nah, volver no. Y aunque me he reído y me las he bailado todas y aunque he hablado y no me he dejado nada por contar, pensaba que, en cualquier momento, iba a aparecer. Madre mía la estupidez, qué bien me está viniendo. Me siento un poco como en el instituto de nuevo, como si volviera a estudiar a Platón pero otra vez pasando de la caverna para centrarnos en la falta de reciprocidad. De verdad, qué bien me está viniendo tener algo que no significa nada para poder tapar todo lo que significa demasiado. Otra vez, que te juro, que pensaba que iba a aparecer en cualquier momento. Y que sí, que la única forma de dormir por las noches es pensar en esa imagen. En...