lunes, 4 de septiembre de 2017

Día ciento ochenta y uno.

Me escapo al polígono y leo y los coches pasan y me miran y yo puedo leer dónde van esas matrículas. Unos pasan despacio con su padre al lado guiándolos en este revoltijo de naves preparándolos para ese próximo examen, enseñándoles a usar un intermitente. Los otros pasan fugaces hundiendo el acelerador con la prisa que sólo puede conceder el deseo de amarse. A mi derecha veo pasar un tren y en 10 minutos veré pasar otro tren y cada vez vienen o van en una dirección o en otra y yo sigo aquí parada leyendo con las ventanillas a medio bajar y viendo pasar los coches. Van todos llenos de amor. Me vengo al polígono y leo pero tampoco puedo leer. Me vengo al polígono y de camino recuerdo que no debo rendirme porque suena esa canción y me acuerdo de cuando no había na' de na'. Y pasa otro tren infinito y el viento no mueve mi coche porque nada lo mueve ya. Y rendirse no es una opción porque las personas heridas somos peligrosas porque sabemos que podemos sobrevivir. 

Pero, ay, quién fuera diente de león para salir volando con la ráfaga de viento que genera el tren.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Día ciento ochenta.

Don't you wanna fall in love tonight?

Nada M, que no llego, que tengo 28 años y aún no he escrito nada ni creo que lo llegue a hacer. Lo siento. Bueno, escribir sí que he escrito pero para mí más que nada. Dejemos esta mierda. 

Os hablaba hace un par de años de un sueño recurrente que tenía de pequeña, os lo metí en la entrada del día ciento sesenta y cinco mezclado con un precioso texto que había olvidado por completo, la verdad. En mi sueño, que recuerdo haber tenido por primera vez con unos cuatro años, me encuentro atrapada en una jaula de bambú. Al principio estoy rodeada de oscuridad pero de pronto una cara de hombre blanca y enorme se acerca mientras ríe. Y de pronto desaparece y yo me despierto. Recuerdo haber tenido este sueño en varias ocasiones. Nunca he buscado lo que significa ni he preguntado a ningún experto en estos temas. Pero me siento así desde hace años, encarcelada y observada. 

Y miro por la ventana y ahí está de nuevo mi amiga Luna, la selenita favorita de esta escritora wannabe venida a menos. ¿C era menguante y D creciente? En fin. Me está mirando porque sabe que llevo mucho tiempo sin hablar de ella, con lo que ella ha sido en este blog. Ya sea como Luna, Selene o cualquier otro tipo de epíteto repetitivo que me permita darme a la aliteración sin pasar por el alcohol. Pero pasando de alas y abanicos, lo siento Rubén, bro. 

Las tardes negras vuelven y no se van, de hecho no es que vuelvan, es que nunca se fueron. ¿Y dónde está el lobo que me protegía? ¿Me vio hablar con los dragones y voló? Espera, los lobos no vuelan. ¿Entonces cómo llegamos por primera vez a la luna? ¿Y si después de todo nunca fue un lobo? ¿Y si el azul era en realidad el color de un frío dragón tomado por los muertos? ¿Y si todo no era nada? ¿Y si todo era nada? 

Son las 2:22. Recorro un castillo. No sé qué busco pero sé que lo encontraré. Golpeo en cada puerta antes de abrirla pero hay tantas que no sé cuándo terminaré y tengo prisa. Como siempre, tengo prisa. En cada cuarto encuentro un mensaje . En los cuartos de la primera planta encuentro los siguientes: "cuando entres por la puerta saluda", "aunque estés mal sonríe, a nadie le importan tus problemas", "todos tenemos problemas", "mira qué móvil de seiscientos euros me acaban de regalar". Encuentro una escalera, que no, no se mueve porque este año tampoco llegó mi carta de admisión. Llego a la segunda planta y los mensajes varían: "relájate", "no te pasa nada", "no te vas a morir por esa enfermedad", "pues yo conozco a una chica que se curó". Pego un portazo. Sigo buscando pero ahora estoy buscando una salida. Una ventana, un balcón. No encuentro las escaleras para bajar y salir de aquí. Necesito una ventana. Pero de la nada aparece una escala de cuerda y subo por ella, cuando estoy llegando arriba las cuerdas empiezan a desgarrarse y de pronto una mano blanca como la cal aparece de entre las sombras y coge mis manos cuando estaba a punto de caer a un vacío que ha aparecido de la nada donde antes había cientos de puertas. No miro al dueño de la mano. Estoy en una habitación circular y miles de ojos me miran desde las paredes. ¿Son ojos? No, espera, parecen pequeños pajaritos azules. Me giro y por fin miro a la persona que me ha salvado. Nos miramos a los ojos durante un buen rato. La conozco. La conozco de siempre. A ella y a sus hoyuelos. Está a mi lado pero a la vez está a miles de kilómetros. Me coge de los hombros y me hace girarme sobre mí misma y me coloca frente a una pared donde están escritos en ese color azul pelo de sirena: "rendirse no es una opción", "después de todo lo que has pasado", "esta no eres tú". Me giro para abrazarla pero ya no está. Ya no son las 2:22. Ya no hay nada a mi alrededor. Sólo silencio. Intento andar pero choco contra una pared invisible. Estoy en una jaula de metacrilato y oigo a un hombre que susurra en italiano. En una esquina de la jaula veo una enorme tarántula que se acerca lentamente hacia mí. He vuelto a quedarme dormida con Tiziano. 

Lo mismo me retiro un tiempo pero necesito poner en orden tantas cosas que no sé ni por dónde empezar. Perdóname, MissLess, te echo de menos de una forma bestial, pero no puedo volver a ser tú. Lo he intentado, no lo dudes, pero no puedo. 

martes, 22 de agosto de 2017

Día ciento setenta y nueve.

Hoy me he puesto de banda sonora al Carrasquito otra vez porque me hace transportarme a cuando empecé a escribir este blog más o menos y ayer, mientras esperaba el estreno del último capítulo de Juego de Tronos, me puse a leer las primeras entradas y me gustó tanto recordar esa época loca, caótica y sin sentido... Que quería ponerme algo que me llevase allí otra vez. Ahora sólo me falta una Rubia (que en minúsculas bien podría ser yo). 

No sé si lo he comentado alguna vez pero soy una persona bastante miedosa, no puedo ver películas de miedo ni escuchar historias de miedo ni miedo de miedo y medio. Pero claro, soy muy catacaldos de la vida y me gusta leer cosas que dan miedito y pasarlo remal. Y así, ayer, leí esto. El resumen es una movida muy tocha que incluye niños que se aparecen y cosas así que dan todo el mal rollo pero yo, que me gusta de sufrir, sigo leyendo, ea, tontorra que es una. 

El caso es que me había fumado yo toda aquella historia más el último capítulo de Juego de Tronos, como decía antes, cuando me fui a la cama y como mi imaginación es tan bonita y buena conmigo y me da estos terrores nocturnos en cuantico que le doy algo de comer, pues yo que me tumbo de lado en la cama y empiezo a imaginarme que veo al niño. Y, no sé de dónde, de mi valentía recién reconocida supongo, me salió un: "mira majo, no tengo ya bastante con los juicios y las peleas con los médicos para que vengas a darme por culo, no va a poder ser, venga, a dormir". 

Y oye, que me quede sopinstant en ese very moment. 

[Ya está el gallo cantando, de verdad, necesito saber dónde lo tienen y regalarle un despertador al pobre animalico.]

En cuanto a lo que decía en el primer párrafo, es verdad, echo mucho de menos cómo escribía. Noto cada desgarro, cada llamada de auxilio, cada herida abierta al leer esos primeros textos. Sobre todo de finales de 2008 y principios de 2009 cuando mi vida estaba cambiando. Cuando tuvo lugar mi segunda maduración. Cuando dejaron de llamarme Lolita y empezaron a llamarme Lola. Cada uno de esos textos lleva una huella casi irreconocible a día de hoy porque he vuelto a madurar, ya no me llaman nada de eso. Y, oye, que sí, que echo de menos narrar una noche de juerga como si me creyese alguien, hablar de todo y nada con palabras que me creía con la autoridad de inventar, usar miles de sinónimos en un mismo párrafo para desquiciar a un par de lectores asiduos. Creer que escribía para mí sabiendo que siempre escribía para alguien. En fin, no me moriré sin llegar al día trescientos sesenta y cinco y publicar todos los textos (por publicar también me vale imprimir y encuadernar para tenerlos todos juntitos). 

Ay, Paola, Rubia, pa' lo que hemos quedao'. 


jueves, 17 de agosto de 2017

Día ciento setenta y ocho.

Todo es mentira. No soy ninguna luchadora. Me siento engañando a tanta gente... ¿o me estoy engañando a mí misma? Me pregunto qué hay dentro de mí para que después de todo lo que estoy luchando me siga considerando "nadie". Este último año me cansé de que me pisotearan, los anteriores me han hecho mosto o vino o lo que quieras porque no sé si la diferencia está en el prensado o la fermentación y no voy a googlear ahora para aclararlo porque estoy vaga, efectos secundarios del clonazepam. En resumen, que me han pisado a más no poder y yo, muy probablemente me he dejado y además los he animado a hacerlo. 

Pero las cosas han cambiado. No puedo seguir dejándome pisotear porque estoy hasta los cojones. Y podría buscar un eufemismo pero no me apetece tampoco, como lo del vino, que mira, una buena copa sí me tomaba ahora pero tampoco va a ser posible. 

Me encuentro en una guerra que ni Daenerys de la Tormenta de la Casa Targaryen, La Primera de su Nombre, Reina de Meereen, Reina de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos, Khaleesi del Gran Mar de Hierba, La que no Arde, Protectora del Reino, Rompedora de Cadenas, Madre de Dragones y Reina de Rocadragón. Ahora mismo no sé si centrar mis batallas contra los Caminantes Blancos o contra esa mala bruja de Cersei. Sólo me apetece salir a la calle a gritar "Dracarys" y ver qué pasa, aunque con este calor y viendo la estampa habitual del barrio me imagino que el gato que tenemos los vecinos en multipropiedad levantaría lentamente su cabeza hacia mí, me miraría con cara de "tú y yo tenemos un futuro juntos, nena" y volvería a recostarse. 

El caso es que yo no venía a hablar de dragones porque también me da pereza. Yo venía a ponerme un título, algo como: Paola, La Endoguerrera, La Que No Se Conforma Con La Píldora Anticonceptiva Como Respuesta A Sus Dolores De La Muerte, La Primera De Su Nombre Porque En Su DNI Sale Un Uno (ya sabéis la mierda esa que nos contaban cuando nos hacíamos el DNI por primera vez), Señora De Su Casa, Khaleesi Del Gran Mar De Libros, La Que No Se Pone Morena Ni A Tiros, Protectora De Su Leia, Rompedora De Cualquier Cosa Que Pase Por Sus Manos, Madre Perruna y Reina De Mi Endometriosis. Creo que queda cuco pero no sé si cabrá en un llavero o similar. 

Tampoco venía a eso, qué narices. Venía a compartir con vosotros una de las experiencias más bellas que hay en la vida y es ir al médico que te llamen mentirosa y luego volver al médico y que te descubran otro endometrioma, que es un quiste propio de la endometriosis -que no vamos a llamar tumor porque dicen que la enfermedad es benigna porque no mata y porque no vaya a ser que le demos la importancia que tiene y entonces se descubra el pastel cuando la gente se dé cuenta de que una enfermedad que arrasa con nuestros cuerpos (sólo los femeninos, ojo, de ser de otro modo otro gallo cantaría) tarda de media 7-9 años en ser diagnosticada, no tiene cura y los tratamientos que hay mejor me los callo para no haceros llorar-. Podéis leer esta maravillosa aventura aquí. Coged palomitas. 

Mientras tanto, yo intentaré convencerme de que soy una luchadora y que tengo los huevos que tengo. Porque los tengo más gordos que los tres huevos de dragón que le regalaron a mi admirada Khaleesi. Podría hablar de ovarios, en lugar de huevos pero es que no sé cómo referirme a ellos ahora. Tengo un ovario creo que guay pero el otro está así como rodeado por dos endometriomas que le dan compañía, amor y puñaladas, muchas puñaladas que, como vosotros no sentís, pues me tomo un ibuprofeno y se me pasa. ¿Sabes o no, muchacho? 

En fin, que no sé qué hago escribiendo en este blog por la tarde, debe ser la primera vez desde que lo tengo porque este es el blog de las divagaciones nocturnas, la escritura automática y esas mierdas místicas que me gustan tanto. 

Ah, a mi título debería añadir "La Que Adora Las Palabrotas Españolas Porque Son Preciosas Y No Va A Dejar De Usarlas Porque A Ti Te Resulte Menos Femenina". 

Ahí os dejo, corazones, yo voy a disfrutar de los aproximadamente 3 días sin dolor que me quedan por delante. Esta nueva regla con dos endometriomas no me la quiero ni imaginar. Eso sí que va a ser "Dracarys". 

martes, 15 de agosto de 2017

Día ciento setenta y siete.

Hoy quiero confesar [que estoy enamorada] una cosa muy turbia que ha pasado y que pensé que nunca pasaría. 

Siempre os he respetado porque habéis sido mi principal compañía desde que tengo uso de razón y nunca imaginé que este momento llegaría pero ha llegado. Hace meses leía un artículo sobre este tema que, en resumidas cuentas, decía que la gente como yo, los que actuamos como yo, no estamos bien. Que somos nosotros los raros. Me gustó mucho el artículo porque una vez más alguien me catalogaba como rara (ya sabes, lo de autocategorizarte de rara para que no lo hagan los demás y sea tu escudo protector). Pero más allá de eso no pensé que fuese a pasar lo que ha pasado ahora. 

Sabéis que siempre os he respetado por encima de todas las cosas. Toda mi vida podía ser un caos pero vosotros erais siempre lo primero y único para mí -casi en toda mi vida, hasta que llegó él- y os veneraba, aún lo hago, hasta puntos insospechados. Y, ¿qué ha pasado? ¿Por qué os escribo ahora? 

Al principio, la sola idea de hacer lo que he hecho me recorría con un escalofrío por toda la columna pero una vez hecho no sentí remordimiento ni duda. Ni pensé "lo hecho, hecho está", no. Sentí que era lo correcto, que por fin había llegado mi momento. ¿Había pasado todo este tiempo sin disfrutar? ¿Sería ahora todo distinto? 

Si os habéis sentido ofendidos lo siento pero no. Sorry not sorry. Y además voy a culpar a Doña Isabel de todo, porque de ella y sólo suya ha sido la culpa. 

Dejadme contaros cómo fue, cómo se precipitaron los acontecimientos aquella calurosa tarde de julio, de no hará más de dos semanas. Yo estaba tranquilamente con uno de vosotros en mi salón, lo estaba pasando regular, no os voy a engañar, Férula se había ido y entonces: 

- ¿Por qué vivía así, si le sobraba el dinero? - gritó Esteban.
- Porque le faltaba todo lo demás - replicó Clara dulcemente. 

Página 148. No podía contenerme. Pero tenía miedo. Cogí un lápiz y con toda la delicadeza que fui capaz de arrancar de mis torpes dedos, subrayé el diálogo con un trazo suavísimo, casi imperceptible. 

Era la primera vez que pintarrajeaba un libro por decisión propia (siempre recordaré con malestar cuando en el colegio nos hacían subrayar las palabras que no entendíamos de los libros que leíamos para comentarlas en clase). 

No me sentí mal. Al contrario. Me sentí llena de vida. Había encontrado un diálogo que reflejaba tan bien uno de mis pensamientos que podría haberlo escrito yo misma y decidí que tenía que remarcarlo de alguna forma. Siento si os he fallado, seguís siendo mis criaturas, mis dioses y mis pertenencias más preciadas pero desde ese momento algo cambió para siempre. 

A lo largo del libro he ido encontrando pasajes, frases, más diálogos que he tenido que subrayar por su belleza, su verdad, su dolor. Terminé "La Casa de los Espíritus" una noche tras dos horas de intensa lectura con esa ansia que me invade cada vez que me queda medio libro por leer y esta vez sentí que todo era distinto. No sé cuántos libros habré leído en mi vida, no han sido pocos, pero nunca había sentido que un libro era mío. Ahora sí. 

El siguiente y, por cuestiones de azar como pasa la mayoría de las veces que comienzo una lectura, ha sido "Beatriz y los cuerpos celestes" de Lucía Etxebarría. Y ya es mío. No sólo porque lo compré. No comenzó a ser mío cuando lo pagué. No comenzó a ser mío cuando empecé a leerlo. Todo empezó con un "Pensar en la muerte con tranquilidad sólo tiene valor si lo hacemos en solitario. La muerte en compañía no es la muerte, ni siquiera para los incrédulos, porque lo que más duele no es dejar la vida, sino abandonar lo que le da sentido." Tan cierto, doloroso. Tan real y tan cercano. Y ahora es mío. 

Lo siento, mis queridos libros, pero las cosas han cambiado. Volveréis a pasar por mi mano para que nos conozcamos de verdad. Quiero tomaros uno a uno y haceros míos. 

lunes, 7 de agosto de 2017

Día ciento setenta y seis.

Hoy me he puesto la banda sonora de Amélie para escribirte a ti por todas las veces que la vimos juntos.

Hace un año te descubrían líquido en los pulmones -sumado a tu Cushing-. Recuerdo perfectamente la tarde del cinco de agosto, cuando te acercaste a mí sin apenas poder respirar y con esos ojos tan humanos me pediste ayuda. Te cogí en brazos y fuimos corriendo al veterinario. No podías respirar y yo me moría de miedo. Recuerdo como se me cayó el mundo encima cuando me dijeron que tenías líquido en los pulmones. Recuerdo como Lola, la veterinaria, me dijo "Paola, sé que tienes pánico a las agujas pero viene el fin de semana y nosotros no estamos, la medicación oral no va a ser suficiente, o le inyectas la que te voy a dar o no va a pasar el finde". "Sí, sí, sí, dame lo que sea, yo le pincho lo que haga falta". Entonces con todo el cariño del mundo me enseño cómo debía pincharte. Tú estabas tan quieto como siempre, te portabas tan bien. Dios, qué difícil es esto. 

Al llegar la noche de ese viernes tuve que pincharte otra vez. Me había quedado dormida esperando que se hiciera la hora pero cuando sonó el despertador que me había puesto por si acaso, recuerdo que me levanté del sofá como si tuviese un resorte, te cogí en brazos y te llevé al baño. Tenía tanto miedo mientras te llevaba conmigo, no quería fallarte. Llegamos al baño y te dejé en el suelo, te dije: "Gus, cariño, siéntate que te cure" y tú, como siempre que te decía aquella frase te sentaste y me diste la espalda como diciendo "haz lo que tengas que hacer que yo no quiero saber nada". Tenía el corazón roto y había estado toda la tarde aturullada por el pánico, temiendo la hora de la inyección, yo, que no podía ni ir a sacarme sangre. Pero verte tan valiente me dio fuerzas y no sé si por un segundo me convertí en una superheroína. Cogí la jeringuilla que Lola ya me había preparado, te cogí un pellizquito de piel y te inyecté la medicación. Después te di un pequeño masaje y te abracé y te besé y tú me limpiaste las lágrimas porque había comenzado a llorar. 

Llegó el sábado y tuve que volver a pincharte aunque parecía que estabas mejor, no me la quería jugar. Hoy me lo ha recordado una app. El sábado 6 de agosto publicaba en Twitter "No es tan fácil inyectarle a tu perro la medicación mientras intentas no desmayarte por tu fobia a las agujas" y "Pero merece la pena porque ya le veo respirar medio normal". Y llegó el domingo y respirabas normal. Yo no me lo podía creer, Gus. Y el lunes fuimos al veterinario y tampoco se lo creían. Habías sobrevivido. No te había fallado. Pero descubrieron que tenías un soplo en el corazón también y la medicación no era compatible con la de Cushing. 

Tuvimos que elegir y, aunque había empezado a salirte pelito en las patas de nuevo, tuvimos que elegir tu pastilla para el corazón porque era más importante. Y todo iba a mejorar. Pero no fue así. 

Un mes después, en la madrugada del cinco al seis de septiembre me desperté y no estabas en tu cama. Ni en tu sitio favorito del pasillo. Cuando te vi tirado en el suelo del salón sabía que estaba pasando lo que no quería creer. Desperté corriendo a tu padre perruno "Gus está muy mal, hay que llevarlo al veterinario". Te cogí en brazos, no respondías, tenías la mirada perdida y estabas muy frío, apenas te notaba la respiración o el corazón. Llamé a todos los teléfonos de urgencia de la clínica pero no contestaron a ninguno. Nos vestimos corriendo y te llevamos a la única clínica veterinaria 24 horas. "Ay, cómo viene el pobre", nos dijo el veterinario al vernos llegar. Leia iba con nosotros y parece que sabía algo porque ni ladraba. Recuerdo el viaje en coche hasta allí "Gus, por favor, Gus, Gus". No podía dejar de llorar, no quería aceptar lo que iba a pasar, no podía estar pasando. El siete de septiembre íbamos a celebrar nuestro noveno aniversario juntos. Eras tan joven. 

Te coloqué en la mesa del veterinario y le comenté lo que había pasado y lo de tus ataques de epilepsia, el líquido en los pulmones, el Cushing, el soplo... "Sí, muchos acaban muriendo por el Cushing... Me lo quedo esta noche y vemos cómo evoluciona". El veterinario te inyectó algo y salió un momento de la sala. Yo me acerqué a ti, ya no podías mirarme, no sé si podías verme pero te abracé, te besé y te dije que te quería. No sabía que sería la última vez. Si lo hubiese sabido... de haberlo sabido me habría quedado a tu lado hasta el final. 

Ha pasado casi un año y aún me siento culpable por no haberlo hecho. Pero no sé por qué en mi corazón algo me decía que ibas a vivir, que ibas a volver a superar otra enfermedad. Que esta vez no iba a ser diferente. 

Llegamos a casa sobre las cuatro de la mañana. Ángel y yo llorábamos desconsolados pero yo pensaba que a la mañana siguiente podría recogerte y estarías malito pero estaría contigo y te inyectaría lo que hiciese falta. Pero no fue así. Apenas dormimos nada ninguno de los dos. 

Al día siguiente me dirigí a la clínica a primera hora. Llamé al telefonillo, estaba dispuesta a recogerte y llevarte a casa. A quedarme contigo todo el tiempo que hiciera falta. Pero al preguntar por ti, por el yorkie que habíamos llevado la noche anterior, el veterinario, sin salir si quiera a la calle, me dijo "murió anoche". 

Falta un mes para que se cumpla un año de ese día y no he podido superarlo. Me siento culpable por no haber detectado antes la enfermedad, me siento culpable por haber puesto el trabajo por delante de ti, me siento culpable por no haber estado tus últimas horas de vida a tu lado. Aún sé que podía haber hecho algo más aunque la gente me dice que no, que ya hice bastante cuidándote tantos años con tu epilepsia y todas las cosas que te ocurrieron después. Te echo tanto de menos. 

Hace poco Inés, con sólo cinco añitos me preguntó: "Tía Paola, ¿por qué se ha muerto Gus?" Sólo pude contestarle que estabas malito y tuve que luchar conmigo misma para no derrumbarme allí mismo. 

Siento tanto dolor en el alma, tanta pena, tanta culpa que ni había podido escribir nada al respecto hasta hoy. Siento que te fueras tan joven, que nos dejases tan solos a los tres, Leia te echa muchísimo de menos. No te hemos olvidado y no te olvidaremos nunca porque fuiste el perro más bueno, cariñoso y adorable que ha existido nunca. 

Un trocito de mi corazón se fue para siempre contigo. 

Te echo de menos Gus-Gus, Gustavo Adolfo, mi trufeta. Nunca dejaré de echarte de menos y de quererte. 


viernes, 4 de agosto de 2017

Día ciento setenta y cinco.

¿No será que eres un poco idiota? Yo juraría que sí. 

El otro día un señor muy amable me regaló un centímetro y aunque en ese momento sólo era capaz de escuchar mi propio corazón, estoy casi al cien por cien segura de que fue muy amable. Un centímetro me ayuda a conseguir un peso ideal más rápido. Oh, stop it, you silly girl. 

Me ha vuelto el insomnio no entiendo muy bien cómo. Insomnio de verdad, no de ese que se inventan los jóvenes que no se mueven del sofá más que para ir a la cocina a por más refresco y palomitas. De madrugar, trabajar toda la mañana en casa, no hacer siesta, hacer deporte por la tarde y luego, como me es imposible dormirme aunque esté completamente drogada por el clonazepam y completamente cansada de todo el día pues me vengo aquí y os lo cuento porque es que de verdad que no lo entiendo. 

Mientras escucho música y aunque he empezado con Los Ronaldos, después me he pasado a The Clash y su "London Calling" que me flipa.  

Y yastá. Esas son las noticias. Tengo tanto dentro que tengo que sacar y no puedo que no puedo ni dormir. Lo mismo va a ser eso. 

Por favor, que llegue ya 2019.