jueves, 16 de enero de 2014

Día ciento sesenta y tres.

Bastardos no quieren pan quieren perros que maltratar.

Ya siento algo aunque no me drogue y he dejado de echar carreras con Selene pero, joder, qué difícil es madurar cuando lo haces con 6 años, te vuelves imbécil a los 21 y vuelves a madurar con 24, ¿no? He descubierto la filosofía budista y la paz interior, ni siento ni padezco, me como las humillaciones y las malas palabras a cucharadas como si fuesen chocolate derretido con sabor a limón. Me he enamorado de la vida, me cogió de la muñeca y me hizo dar un paso atrás, me enamoré.

Me había vuelto completa e irremediablemente loca y, sin marcha atrás, había entrado en una caída libre a la nada. A la mierda, al vacío.

Aún así, sumida en la más profunda oscuridad como estaba, aún me pasaba dos tercios de mi día diciendo gilipolleces y regalando galletas cosa que, obviamente, no ha cambiado. Viva el pollerpower. Mientras tanto me ardía el corazón, ¿pero qué importa un corazón entre tantos? Ahora lo entiendo.

Ya no me muerdo la lengua y me enveneno porque ya no tengo veneno. Ya no puedo escribir sobre rubias que venden su cuerpo por un euro de mierda ni visitas al Infierno con esa rabia con la que escribí un día (esto + esto) porque ya no tengo rabia, ¿por qué ya no tengo rabia, joder?

Yo quiero ir al Tártaro, quiero matar a esas rubias una a una, quiero acabar con ellas, quiero bailar con los demonios, quiero huir a lomos del lobo azul, quiero comerme la luna, quiero entrar por la ventana bajo la que dormimos abrazados cada noche.

Ah, pues no, va a ser que lo único que quiero es dormir abrazados cada noche.






¡Y que le jodan al veneno!



@SitaFreak