jueves, 17 de agosto de 2017

Día ciento setenta y ocho.

Todo es mentira. No soy ninguna luchadora. Me siento engañando a tanta gente... ¿o me estoy engañando a mí misma? Me pregunto qué hay dentro de mí para que después de todo lo que estoy luchando me siga considerando "nadie". Este último año me cansé de que me pisotearan, los anteriores me han hecho mosto o vino o lo que quieras porque no sé si la diferencia está en el prensado o la fermentación y no voy a googlear ahora para aclararlo porque estoy vaga, efectos secundarios del clonazepam. En resumen, que me han pisado a más no poder y yo, muy probablemente me he dejado y además los he animado a hacerlo. 

Pero las cosas han cambiado. No puedo seguir dejándome pisotear porque estoy hasta los cojones. Y podría buscar un eufemismo pero no me apetece tampoco, como lo del vino, que mira, una buena copa sí me tomaba ahora pero tampoco va a ser posible. 

Me encuentro en una guerra que ni Daenerys de la Tormenta de la Casa Targaryen, La Primera de su Nombre, Reina de Meereen, Reina de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos, Khaleesi del Gran Mar de Hierba, La que no Arde, Protectora del Reino, Rompedora de Cadenas, Madre de Dragones y Reina de Rocadragón. Ahora mismo no sé si centrar mis batallas contra los Caminantes Blancos o contra esa mala bruja de Cersei. Sólo me apetece salir a la calle a gritar "Dracarys" y ver qué pasa, aunque con este calor y viendo la estampa habitual del barrio me imagino que el gato que tenemos los vecinos en multipropiedad levantaría lentamente su cabeza hacia mí, me miraría con cara de "tú y yo tenemos un futuro juntos, nena" y volvería a recostarse. 

El caso es que yo no venía a hablar de dragones porque también me da pereza. Yo venía a ponerme un título, algo como: Paola, La Endoguerrera, La Que No Se Conforma Con La Píldora Anticonceptiva Como Respuesta A Sus Dolores De La Muerte, La Primera De Su Nombre Porque En Su DNI Sale Un Uno (ya sabéis la mierda esa que nos contaban cuando nos hacíamos el DNI por primera vez), Señora De Su Casa, Khaleesi Del Gran Mar De Libros, La Que No Se Pone Morena Ni A Tiros, Protectora De Su Leia, Rompedora De Cualquier Cosa Que Pase Por Sus Manos, Madre Perruna y Reina De Mi Endometriosis. Creo que queda cuco pero no sé si cabrá en un llavero o similar. 

Tampoco venía a eso, qué narices. Venía a compartir con vosotros una de las experiencias más bellas que hay en la vida y es ir al médico que te llamen mentirosa y luego volver al médico y que te descubran otro endometrioma, que es un quiste propio de la endometriosis -que no vamos a llamar tumor porque dicen que la enfermedad es benigna porque no mata y porque no vaya a ser que le demos la importancia que tiene y entonces se descubra el pastel cuando la gente se dé cuenta de que una enfermedad que arrasa con nuestros cuerpos (sólo los femeninos, ojo, de ser de otro modo otro gallo cantaría) tarda de media 7-9 años en ser diagnosticada, no tiene cura y los tratamientos que hay mejor me los callo para no haceros llorar-. Podéis leer esta maravillosa aventura aquí. Coged palomitas. 

Mientras tanto, yo intentaré convencerme de que soy una luchadora y que tengo los huevos que tengo. Porque los tengo más gordos que los tres huevos de dragón que le regalaron a mi admirada Khaleesi. Podría hablar de ovarios, en lugar de huevos pero es que no sé cómo referirme a ellos ahora. Tengo un ovario creo que guay pero el otro está así como rodeado por dos endometriomas que le dan compañía, amor y puñaladas, muchas puñaladas que, como vosotros no sentís, pues me tomo un ibuprofeno y se me pasa. ¿Sabes o no, muchacho? 

En fin, que no sé qué hago escribiendo en este blog por la tarde, debe ser la primera vez desde que lo tengo porque este es el blog de las divagaciones nocturnas, la escritura automática y esas mierdas místicas que me gustan tanto. 

Ah, a mi título debería añadir "La Que Adora Las Palabrotas Españolas Porque Son Preciosas Y No Va A Dejar De Usarlas Porque A Ti Te Resulte Menos Femenina". 

Ahí os dejo, corazones, yo voy a disfrutar de los aproximadamente 3 días sin dolor que me quedan por delante. Esta nueva regla con dos endometriomas no me la quiero ni imaginar. Eso sí que va a ser "Dracarys". 

martes, 15 de agosto de 2017

Día ciento setenta y siete.

Hoy quiero confesar [que estoy enamorada] una cosa muy turbia que ha pasado y que pensé que nunca pasaría. 

Siempre os he respetado porque habéis sido mi principal compañía desde que tengo uso de razón y nunca imaginé que este momento llegaría pero ha llegado. Hace meses leía un artículo sobre este tema que, en resumidas cuentas, decía que la gente como yo, los que actuamos como yo, no estamos bien. Que somos nosotros los raros. Me gustó mucho el artículo porque una vez más alguien me catalogaba como rara (ya sabes, lo de autocategorizarte de rara para que no lo hagan los demás y sea tu escudo protector). Pero más allá de eso no pensé que fuese a pasar lo que ha pasado ahora. 

Sabéis que siempre os he respetado por encima de todas las cosas. Toda mi vida podía ser un caos pero vosotros erais siempre lo primero y único para mí -casi en toda mi vida, hasta que llegó él- y os veneraba, aún lo hago, hasta puntos insospechados. Y, ¿qué ha pasado? ¿Por qué os escribo ahora? 

Al principio, la sola idea de hacer lo que he hecho me recorría con un escalofrío por toda la columna pero una vez hecho no sentí remordimiento ni duda. Ni pensé "lo hecho, hecho está", no. Sentí que era lo correcto, que por fin había llegado mi momento. ¿Había pasado todo este tiempo sin disfrutar? ¿Sería ahora todo distinto? 

Si os habéis sentido ofendidos lo siento pero no. Sorry not sorry. Y además voy a culpar a Doña Isabel de todo, porque de ella y sólo suya ha sido la culpa. 

Dejadme contaros cómo fue, cómo se precipitaron los acontecimientos aquella calurosa tarde de julio, de no hará más de dos semanas. Yo estaba tranquilamente con uno de vosotros en mi salón, lo estaba pasando regular, no os voy a engañar, Férula se había ido y entonces: 

- ¿Por qué vivía así, si le sobraba el dinero? - gritó Esteban.
- Porque le faltaba todo lo demás - replicó Clara dulcemente. 

Página 148. No podía contenerme. Pero tenía miedo. Cogí un lápiz y con toda la delicadeza que fui capaz de arrancar de mis torpes dedos, subrayé el diálogo con un trazo suavísimo, casi imperceptible. 

Era la primera vez que pintarrajeaba un libro por decisión propia (siempre recordaré con malestar cuando en el colegio nos hacían subrayar las palabras que no entendíamos de los libros que leíamos para comentarlas en clase). 

No me sentí mal. Al contrario. Me sentí llena de vida. Había encontrado un diálogo que reflejaba tan bien uno de mis pensamientos que podría haberlo escrito yo misma y decidí que tenía que remarcarlo de alguna forma. Siento si os he fallado, seguís siendo mis criaturas, mis dioses y mis pertenencias más preciadas pero desde ese momento algo cambió para siempre. 

A lo largo del libro he ido encontrando pasajes, frases, más diálogos que he tenido que subrayar por su belleza, su verdad, su dolor. Terminé "La Casa de los Espíritus" una noche tras dos horas de intensa lectura con esa ansia que me invade cada vez que me queda medio libro por leer y esta vez sentí que todo era distinto. No sé cuántos libros habré leído en mi vida, no han sido pocos, pero nunca había sentido que un libro era mío. Ahora sí. 

El siguiente y, por cuestiones de azar como pasa la mayoría de las veces que comienzo una lectura, ha sido "Beatriz y los cuerpos celestes" de Lucía Etxebarría. Y ya es mío. No sólo porque lo compré. No comenzó a ser mío cuando lo pagué. No comenzó a ser mío cuando empecé a leerlo. Todo empezó con un "Pensar en la muerte con tranquilidad sólo tiene valor si lo hacemos en solitario. La muerte en compañía no es la muerte, ni siquiera para los incrédulos, porque lo que más duele no es dejar la vida, sino abandonar lo que le da sentido." Tan cierto, doloroso. Tan real y tan cercano. Y ahora es mío. 

Lo siento, mis queridos libros, pero las cosas han cambiado. Volveréis a pasar por mi mano para que nos conozcamos de verdad. Quiero tomaros uno a uno y haceros míos. 

lunes, 7 de agosto de 2017

Día ciento setenta y seis.

Hoy me he puesto la banda sonora de Amélie para escribirte a ti por todas las veces que la vimos juntos.

Hace un año te descubrían líquido en los pulmones -sumado a tu Cushing-. Recuerdo perfectamente la tarde del cinco de agosto, cuando te acercaste a mí sin apenas poder respirar y con esos ojos tan humanos me pediste ayuda. Te cogí en brazos y fuimos corriendo al veterinario. No podías respirar y yo me moría de miedo. Recuerdo como se me cayó el mundo encima cuando me dijeron que tenías líquido en los pulmones. Recuerdo como Lola, la veterinaria, me dijo "Paola, sé que tienes pánico a las agujas pero viene el fin de semana y nosotros no estamos, la medicación oral no va a ser suficiente, o le inyectas la que te voy a dar o no va a pasar el finde". "Sí, sí, sí, dame lo que sea, yo le pincho lo que haga falta". Entonces con todo el cariño del mundo me enseño cómo debía pincharte. Tú estabas tan quieto como siempre, te portabas tan bien. Dios, qué difícil es esto. 

Al llegar la noche de ese viernes tuve que pincharte otra vez. Me había quedado dormida esperando que se hiciera la hora pero cuando sonó el despertador que me había puesto por si acaso, recuerdo que me levanté del sofá como si tuviese un resorte, te cogí en brazos y te llevé al baño. Tenía tanto miedo mientras te llevaba conmigo, no quería fallarte. Llegamos al baño y te dejé en el suelo, te dije: "Gus, cariño, siéntate que te cure" y tú, como siempre que te decía aquella frase te sentaste y me diste la espalda como diciendo "haz lo que tengas que hacer que yo no quiero saber nada". Tenía el corazón roto y había estado toda la tarde aturullada por el pánico, temiendo la hora de la inyección, yo, que no podía ni ir a sacarme sangre. Pero verte tan valiente me dio fuerzas y no sé si por un segundo me convertí en una superheroína. Cogí la jeringuilla que Lola ya me había preparado, te cogí un pellizquito de piel y te inyecté la medicación. Después te di un pequeño masaje y te abracé y te besé y tú me limpiaste las lágrimas porque había comenzado a llorar. 

Llegó el sábado y tuve que volver a pincharte aunque parecía que estabas mejor, no me la quería jugar. Hoy me lo ha recordado una app. El sábado 6 de agosto publicaba en Twitter "No es tan fácil inyectarle a tu perro la medicación mientras intentas no desmayarte por tu fobia a las agujas" y "Pero merece la pena porque ya le veo respirar medio normal". Y llegó el domingo y respirabas normal. Yo no me lo podía creer, Gus. Y el lunes fuimos al veterinario y tampoco se lo creían. Habías sobrevivido. No te había fallado. Pero descubrieron que tenías un soplo en el corazón también y la medicación no era compatible con la de Cushing. 

Tuvimos que elegir y, aunque había empezado a salirte pelito en las patas de nuevo, tuvimos que elegir tu pastilla para el corazón porque era más importante. Y todo iba a mejorar. Pero no fue así. 

Un mes después, en la madrugada del cinco al seis de septiembre me desperté y no estabas en tu cama. Ni en tu sitio favorito del pasillo. Cuando te vi tirado en el suelo del salón sabía que estaba pasando lo que no quería creer. Desperté corriendo a tu padre perruno "Gus está muy mal, hay que llevarlo al veterinario". Te cogí en brazos, no respondías, tenías la mirada perdida y estabas muy frío, apenas te notaba la respiración o el corazón. Llamé a todos los teléfonos de urgencia de la clínica pero no contestaron a ninguno. Nos vestimos corriendo y te llevamos a la única clínica veterinaria 24 horas. "Ay, cómo viene el pobre", nos dijo el veterinario al vernos llegar. Leia iba con nosotros y parece que sabía algo porque ni ladraba. Recuerdo el viaje en coche hasta allí "Gus, por favor, Gus, Gus". No podía dejar de llorar, no quería aceptar lo que iba a pasar, no podía estar pasando. El siete de septiembre íbamos a celebrar nuestro noveno aniversario juntos. Eras tan joven. 

Te coloqué en la mesa del veterinario y le comenté lo que había pasado y lo de tus ataques de epilepsia, el líquido en los pulmones, el Cushing, el soplo... "Sí, muchos acaban muriendo por el Cushing... Me lo quedo esta noche y vemos cómo evoluciona". El veterinario te inyectó algo y salió un momento de la sala. Yo me acerqué a ti, ya no podías mirarme, no sé si podías verme pero te abracé, te besé y te dije que te quería. No sabía que sería la última vez. Si lo hubiese sabido... de haberlo sabido me habría quedado a tu lado hasta el final. 

Ha pasado casi un año y aún me siento culpable por no haberlo hecho. Pero no sé por qué en mi corazón algo me decía que ibas a vivir, que ibas a volver a superar otra enfermedad. Que esta vez no iba a ser diferente. 

Llegamos a casa sobre las cuatro de la mañana. Ángel y yo llorábamos desconsolados pero yo pensaba que a la mañana siguiente podría recogerte y estarías malito pero estaría contigo y te inyectaría lo que hiciese falta. Pero no fue así. Apenas dormimos nada ninguno de los dos. 

Al día siguiente me dirigí a la clínica a primera hora. Llamé al telefonillo, estaba dispuesta a recogerte y llevarte a casa. A quedarme contigo todo el tiempo que hiciera falta. Pero al preguntar por ti, por el yorkie que habíamos llevado la noche anterior, el veterinario, sin salir si quiera a la calle, me dijo "murió anoche". 

Falta un mes para que se cumpla un año de ese día y no he podido superarlo. Me siento culpable por no haber detectado antes la enfermedad, me siento culpable por haber puesto el trabajo por delante de ti, me siento culpable por no haber estado tus últimas horas de vida a tu lado. Aún sé que podía haber hecho algo más aunque la gente me dice que no, que ya hice bastante cuidándote tantos años con tu epilepsia y todas las cosas que te ocurrieron después. Te echo tanto de menos. 

Hace poco Inés, con sólo cinco añitos me preguntó: "Tía Paola, ¿por qué se ha muerto Gus?" Sólo pude contestarle que estabas malito y tuve que luchar conmigo misma para no derrumbarme allí mismo. 

Siento tanto dolor en el alma, tanta pena, tanta culpa que ni había podido escribir nada al respecto hasta hoy. Siento que te fueras tan joven, que nos dejases tan solos a los tres, Leia te echa muchísimo de menos. No te hemos olvidado y no te olvidaremos nunca porque fuiste el perro más bueno, cariñoso y adorable que ha existido nunca. 

Un trocito de mi corazón se fue para siempre contigo. 

Te echo de menos Gus-Gus, Gustavo Adolfo, mi trufeta. Nunca dejaré de echarte de menos y de quererte. 


viernes, 4 de agosto de 2017

Día ciento setenta y cinco.

¿No será que eres un poco idiota? Yo juraría que sí. 

El otro día un señor muy amable me regaló un centímetro y aunque en ese momento sólo era capaz de escuchar mi propio corazón, estoy casi al cien por cien segura de que fue muy amable. Un centímetro me ayuda a conseguir un peso ideal más rápido. Oh, stop it, you silly girl. 

Me ha vuelto el insomnio no entiendo muy bien cómo. Insomnio de verdad, no de ese que se inventan los jóvenes que no se mueven del sofá más que para ir a la cocina a por más refresco y palomitas. De madrugar, trabajar toda la mañana en casa, no hacer siesta, hacer deporte por la tarde y luego, como me es imposible dormirme aunque esté completamente drogada por el clonazepam y completamente cansada de todo el día pues me vengo aquí y os lo cuento porque es que de verdad que no lo entiendo. 

Mientras escucho música y aunque he empezado con Los Ronaldos, después me he pasado a The Clash y su "London Calling" que me flipa.  

Y yastá. Esas son las noticias. Tengo tanto dentro que tengo que sacar y no puedo que no puedo ni dormir. Lo mismo va a ser eso. 

Por favor, que llegue ya 2019. 


jueves, 3 de agosto de 2017

Día ciento setenta y cuatro.

Mamá, me han llamado NT, algo del patriarcado, tránsfoba, me han acusado de hacer luz de gas y no sé cuántas cosas más. A mí y a mis compañeras guerreras. Te juro que no he hecho nada de eso. Hace unos días saltaba una batalla que ni la de los bastardos pero en Twitter. Todo empezó con una chica que contaba que sus reglas eran tan dolorosas y abundantes y largas que incluso a veces le impedían ir a trabajar o hacer vida normal. 

Aquí entró Endometriosiswarrior a explicar que eso no era normal porque (y me lo tatuaré en la frente a este paso le moleste a quien le moleste) LA REGLA NO DEBE DOLER. Se la tomaron un poco como a cachondeo y ella nos nombró a varias endometriósicas para que contásemos nuestra historia. Dicen que lo que hicimos fue acosar pero la intención no fue esa en ningún momento, qué cosa más ridícula. ¿Cómo voy a acosar a alguien por contarle mi experiencia con la endometriosis y como a mí durante nueve años me dijeron que no tenía nada? Porque esto decía esta chica, que nosotras no teníamos idea, que ella no tenía nada porque se lo había dicho su ginecóloga. Qué rabia y qué impotencia, ¿cuántas veces hemos ido al ginecólogo y te he tenido que llevar conmigo para que me tomasen en serio desde que tenía 16 años, mamá? ¿Cuántas veces nos han dicho que no era nada?

Durante un rato no estuve pendiente de la conversación, ya tenía bastante con lo mío, ya sabes. Pero después vi las cosas tan feas de las que nos estaban acusando. ¿Luz de gas? ¿Paternalismo? ¿Capacitistas? Pero si las primeras que tenemos una enfermedad ninguneada por absolutamente TODO EL MUNDO somos nosotras. No entendía nada. Ya tengo suficiente con todo lo que estoy sufriendo y con que, además, me pilló en un día endometriósico nivel plus así que escribí un mensaje para intentar aclarar que yo sólo quería ayudar contando mi experiencia y desactivé las notificaciones de la conversación porque me estaban afectando mucho tantas acusaciones. 

Al día siguiente seguía viendo por mi TL jaleo por el mismo tema, mamá. Nos acusaban entonces de tránsfobas por habernos dirigido en femenino hacía una de las personas que estaba en la conversación, nos llamaban capacitistas y nos acusaban de haberles causado ataques con nuestro acoso porque ellas eran ND y nosotras NT. 

Pero, ¿y nuestro sufrimiento? Sólo decían que la regla es normal que duela, que lo que decimos es un mensaje alarmista, nos pedían pruebas, estadísticas, se les dio lo que pidieron pero no era suficiente. 

Han tardado nueve años en diagnosticarme una enfermedad y durante todo ese tiempo he tenido que aguantar que me dijeran floja y que me lo inventaba y que era cosa mía y que todo era mentira y que todo era mi culpa porque no quería pastillas y sólo pedía respuestas. Ahora, dos años después de que me la diagnosticaran he logrado que me manden las pruebas para saber si tengo endo profunda, tuve que pedirlo a gritos y llorando histérica a un señor que no quería escucharme y me llamaba mentirosa, a un ginecólogo. Cuando salí de esa consulta sólo tenía ganas de llorar por todas las chicas que van a tener que luchar once años para conseguir las pruebas. O más. Cuando vi una chica que hablaba de los mismos síntomas que tenía yo, lo primero que hice fue (en mi cabeza) ir en su ayuda. Pero no de forma paternalista, si no de forma feminista. Algo que echo mucho de menos en esta enfermedad, el apoyo de las feministas. Mi intención no era dar una clase, ni un diagnóstico. Sólo quería decirle, oye, aquí estamos, eso que te pasa me pasaba a mí y tardaron nueve años en diagnosticarme porque no, la regla no debe doler aunque nos lo repitan hasta la saciedad que es normal. Que tengas una molestia, bueno, entiendo que es normal pero una molestia no es dolor. 

Yo iba, otra vez, con toda mi buena intención y me reventó todo en la cara. Tuve que leer mil veces que la regla es normal que duela y yo no me pude quejar de acoso porque soy CIS y NT (dicen, se lo preguntaré a mi caja de Rivotril que lo mismo no piensa igual) y no sé cuántas cosas más soy. 

Mamá, cosas así dan ganas de dejar de ayudar a la gente pero es que no puedo. Seguiré haciéndolo cada vez que se me presente la oportunidad. Para contar mi historia con la endo, con la esterilidad, con el ganchillo o con la puta repostería. 

Las endoguerreras no somos una secta, no os queremos captar, por nosotras cuantas menos seáis mejor, mucho mejor. Sólo queremos concienciar y queremos que las feministas se unan a nuestra lucha con los ojos cerrados porque os necesitamos. 

Nueve años aguanté que la regla debe doler. Pero, por mis ovarios maltrechos os digo que no lo voy a aguantar jamás. 

Os dejo un par de post de compañeras sobre lo sucedido. Y aclaro que esto no es una disculpa porque no tengo que pedir perdón por intentar ayudar a alguien, bonito estaría. 





miércoles, 2 de agosto de 2017

Día ciento setenta y tres.

Me miras así con esos ojos y parece que ves a través de mí. Sabes lo que estoy pensando en cada momento y sabes cómo usarlo en tu beneficio. Clara, blanca, alba, aunque sin mesas de tres patas voladoras. A veces estamos rodeados de fantasmas y no nos damos cuenta hasta que un salero comienza a dar vueltas a medio metro de la mesa del comedor. Y no me lo pases a la mano que da mala suerte. 

Hoy ha empezado un año nuevo para mí. Aunque hace un par de meses ya comencé otra temporada. Y conseguí subir a primera. Te echo de menos, es verdad. La fuerza, el valor, el poder que me dabas. Y sé que todos esos sentimientos eran falsos pero mientras estabas conmigo parecían tan reales... 

¿Sabéis? En la última feria de artesanía que celebraron en mi ciudad me decidí a probar fortuna con una quiromántica. Mi endometriosis, mi infertilidad, el despido, la mala suerte general, ¿y si había alguna razón mística para todo ello? Me puse a la cola de una pequeña tienda que habían montado al lado de los puestos de comida. Aquella tarde hacía mucho calor así que cuando tocó mi turno y entré casi me desmayo entre la temperatura y el agobio causado por el incienso. La quiromante me miró con sus ojos blanquecinos, cegados por las cataratas. Era mi primera vez y creo que ni dije un triste "hola". Me cogió las manos y repasó cada una de las líneas de mis palmas con sus largos y huesudos dedos. Recorrió cada milímetro con una suavidad y ternura con la que no me habían tocado nunca. Llevó ambos pulgares hasta los comienzos de mis muñecas y entonces me soltó bruscamente. "Vete de aquí y no vuelvas". No me dejó ni pagarle. Me empujó a la calle y me dejó allí, desconcertada, mirándome las manos como si las tuviera manchadas de sangre. 

O no. 

martes, 1 de agosto de 2017

Día ciento setenta y dos.

Hoy me siento como Nicolas Cage en... no, espera, no era eso lo que quería decir. Me siento como hace - lo que parecen - cientos de años en el primer Telepizza de Albacete. No existía WhatsApp, nadie nos renegaba en Twitter ni Facebook. Ni Fotolog. Y allí estaba yo, esperando la cena y algo más. Lo recuerdo como si fuera ayer mismo. O como si fuera esta noche, qué sé yo. No estaba sola, me acompañaba mi hermana. Nos íbamos a dar un buen festín... ¡habíamos pedido hasta alitas! Y yo miraba la hora en mi móvil Grundig de última generación y pensaba "ya sólo faltan cuarenta minutos" pero me hacía la madura. Aunque no quería levantarme de allí hasta que fuese la hora. Sería como celebrarlo con todos como cuando tenía seis años. Y volvía a mirar mi móvil de reojo y sólo faltaban quince minutos. No pasaba por mi cabeza que fuese a tener ningún problema de batería al recibir los cientos de mensajes que esperaba porque, por aquel entonces, no existían los problemas de batería (a menos que fueses de fin de semana a un retiro espiritual sin llevar el cargador). Cada vez estaba más nerviosa. ¿Cómo sería la sensación? Era la primera vez que iba a pasar, no había tenido todavía la oportunidad de celebrarlo con un móvil propio en la mano... Estaba tan nerviosa que no podía quedarme quieta en el banco en el que estaba sentada. Ya sólo quedaban cinco minutos. El corazón me galopaba en el pecho y chocaba contra mis costillas. Y, de pronto, eran las doce. Y no pasó nada. 

Mi hermana, al ver mi cara de decepción, se levantó y me dio un abrazo y me deseó feliz cumpleaños. 

Los minutos que hasta ese momento habían tardado horas en llegar ahora volaban y no pasaba nada. Justo como lo hacen hoy. 

Sé que hoy me lo merezco pero aquel día no. 

Y van 28. Ya no os pillo Janis, Jimi, Kurt, Amy...