miércoles, 29 de octubre de 2014

Día ciento sesenta y siete.

Era nuestro quinto aniversario.

No se puede decir que yo anduviera con la mosca detrás de la oreja, es que llevaba de orejeras dos moscardones tamaño catedral. Además, hacía un par de días me había tomado la medida del dedo anular de la mano izquierda de una forma muy sutil.
"A ver, ¿cuántos anillos tienes? ¿Y ese en este dedo cómo te queda? A ver, me dejas el anillo [se pone el anillo]. Ah, bien, bien. Bien bien."
Era sábado e íbamos a ir a cenar a un buen restaurante para celebrar nuestro aniversario. Yo no había dejado de pensar durante las últimas semanas que o ahora o lo mataba.

Esa mañana me fui de compras con mi madre. Él tenía que trabajar pero iba a reservar el restaurante para esa noche. Yo, que soy el ansia viva en persona, estaba preocupada por si no había mesa disponible y quería ir allí desde hacía tiempo. Mientras compraba con mi madre -un precioso vestido para la noche- me escribió. Me dijo que si me gustaban los anillos con una lluvia de noséqué. Yo no entendía nada -porque de términos de joyería, desgraciadamente, poco- y le dije que me llamase. Él estaba en una tienda y las chicas que le estaban ayudando a elegir el anillo le decían "¡pero no la estarás llamando a ELLA!". Sí, porque los dos somos un poco desastres y ya habíamos hablado de casarnos. La semana anterior lo habíamos decidido, que sería el año siguiente PERO él no quería hacerlo oficial hasta habérmelo pedido en condiciones. Cosa que le repetí que no era necesario pero obviamente...

Pues sí, me llamó, me explicó cómo era el anillo y como no me enteraba muy bien, nerviosa como estaba, le hice que me mandase una foto por WhatsApp... y me enamoré del anillo. Había ido a esa tienda porque yo había visto un anillo sencillito por 39€ y no quería que se gastase más, con eso me conformaba, pero las chicas que le estaban ayudando le dijeron que ese era de un material que con el tiempo se pondría feo así que le enseñaron otros y él, que me conoce perfectamente, seleccionó el más bonito y el que más me habría gustado.

No me volvió a contestar después de la foto, después de decirle que me gustaba, el muy...

Llegué a casa. Lo encontré muy cantarín y muy feliz pero también como muy nervioso. No paraba de moverse de un lado a otro. Le pregunté que si había reservado y me dijo que sí, con una sonrisilla. Yo empezaba a medio mosquearme porque soy así de insufrible. Cuando veo que algo no llega pero sí pero no pero sí...¡arf! Me cabreo.

Encontré una tarjeta del restaurante en la entrada y le pregunté que qué hacía allí... al final me dijo que había ido personalmente a reservar para la cena. No me cuadraba mucho porque no está al lado de su tienda. Así que mi mosqueo iba en aumento y creo que él se daba cuenta y se ponía más nervioso y más contento.

En un par de ocasiones lo escuché cantando una canción pero no sabía qué canción era aunque me sonaba muchísimo. Bajó a comprar el pan y cuando subió volvió a cantar la misma canción. Desquiciada como estaba le pregunté que qué canción era la que estaba cantando y me dijo "Una que estaban poniendo en la panadería" y me sonrió y se puso a hacer otra cosa. Yo sabía que era completamente falso porque la canción la llevaba cantando un buen rato antes de bajar a comprar el pan y el medio cabreo iba en aumento.

Después de comer estuve hablando con una amiga por teléfono y me encerré en la habitación para contarle las cosas que sospechaba: que creía que me lo iba a pedir esa noche, lo de la canción y que había ido a reservar personalmente.

Se acercaba la hora y lo veía cada vez más nervioso. Yo iba andando por las paredes, directamente.

Mi madre me ayudó a peinarme para que estuviese decente (je) y nos acercó al restaurante pero antes, mientras ella me peinaba, él aprovechó para encerrarnos en el baño mientras cogía algo de la salita. Escuché como un ruido de bolsas... y el mosqueo cada vez mayor.

Llegamos al restaurante, que es un sitio maravilloso con un salón apartado a otra altura. Nos dijo el chico de la barra que nuestra mesa ya estaba lista y que nuestro camarero sería Fulanito. Subimos las escaleras y ahí estaba Fulanito que casi sin mirarnos nos dijo "¿Qué mesa preferís? ¿Esa del fondo, por ejemplo?". Y yo pensé que no tenía sentido, si ya nos habían dicho abajo que la mesa estaba lista, ¿por qué íbamos a cambiarla ahora? Total, cabreo más uno. Pero esta vez vi que mi chico también ponía una cara rara. Nos sentamos y aproveché para ir al servicio. Algo pasó mientras yo no estaba que él me contó después...
- Él: Oye, ¿te acuerdas de mí? He venido esta mañana por lo de...
- Fulanito: Sí, sí, me acuerdo perfectamente, sólo estaba actuando.

Volví a la mesa y pedimos la cena. Estaban poniendo música y me di cuenta de que sonaba Hombres G que me encantan y se lo dije a él que me contestó que sí, que estaban poniendo muy buena música. 

Tras el primer plato me dijo que si me molestaría mucho que saliese a fumar y le dije que sí. Entonces me dijo que no saldrá. Pero al cabo de unos minutos dijo que tenía que ir él también al servicio. Se levantó y vi PERFECTAMENTE cómo bajaba las escaleras y en lugar de girar hacia los servicios se fue a la puerta del restaurante y salió a la calle. Y allí me quedé yo, compuesta y sin novio. El medio cabreo por lo que estuviese cociéndose había vuelto pero en plan orca asesina. 

Cuando volvió a la mesa, lo noté nerviosísimo, casi temblando y me dijo que tenía que reconocerlo, que después del servicio le había dado dos caladas a un cigarro. Ante mis ojos como platos se quedó mudo y le señalé cómo se veía desde nuestra mesa perfectamente la puerta del restaurante. 

Llegó el segundo plato y me preguntó que qué le había contado a mi amiga por la tarde y le conté mis sospechas (menos lo de la canción) y me contestó que es muy precipitado y que no había tenido tiempo a nada y que no pensase que me lo va a pedir. ¡¿CÓMORL?! A punto de explotarme la cabeza se me empezaron a humedecer los ojos (porque soy una llorona, las cosas como son) y le contesté alguna bordería. A lo que él me dijo. 
"Paola, piensa."
Y yo empecé a pensar "no, es que encima de traerme a este restaurante para nada ahora me dice que piense como si yo fuese tonta y no supiese que ehm, porque yo..." y me calmé porque obviamente algo iba a pasar.

La cena prosiguió con su deliciosa normalidad y pedimos el postre. Un plato que no recuerdo muy bien pero que llevaba muchísimo chocolate. Entonces las cosas empezaron a ponerse tensas. La mesa que teníamos detrás estaba ocupada por tres parejas bastante escandalosas y se oía como dos de las parejas le decían durante la cena a la otra pareja que a ver cuándo iban pensando en boda y lo típico en estas situaciones.

Él, mi chico, cada vez estaba más nervioso. Lo veía mirándome a mí, al suelo que había a mi lado (no era al suelo, era al espacio libre entre mesa y mesa que había a mi lado), a mí otra vez, movía la mesa, volvía a moverla y yo me desquiciaba.

Durante la cena le había comentado como curiosidad una tontería: frente a mí había una pared donde había tres platos con velas encendidas pero la sombra que daba cada vela era distinta.

Entonces, vi como el camarero cogía uno de los platos con la velita y pasaba a la cocina.

De pronto se apagaron las luces y la música comenzó a sonar muy fuerte, él me dijo con voz temblorosa "¡Vaya, han puesto la música muy fuerte!". En la mesa de al lado se escuchó un "Ya verás, ahora sale el camarero con un anillo". Desde donde yo estaba se podía ver la cocina por unos ventanales y veía como desde dentro dos cocineros me miraban fijamente. La canción que sonaba era la que mi chico había estado cantando en casa "Marry you" de Bruno Mars y de pronto se abrió la puerta de la cocina de nuevo y salía Fulanito con el postre en una mano... y en la otra un plato con una velita que iluminaba un anillo apoyado sobre el corcho de una botella de vino.

Puso el plato con el anillo en nuestra mesa (dejando también el postre).

Él se levantó, yo me tapaba la boca con las manos, ya estaba llorando como una magdalena, vino hacia mi lado y me levantó también. La gente hacía "Ohhh".
"Te quiero con toda mi alma y quiero pasar el resto de mi vida contigo [entonces cogió el anillo, hincó rodilla y....] ¿quieres casarte conmigo?" 
Otro "Oh", yo ni podía hablar, sólo pude afirmar con la cabeza, tan fuerte y tan rápido que podría haberme roto yo solita el cuello. Otro "Oh" y aplausos. Y en ese momento le abracé y sentí su abrazo como el más acogedor y cariñoso y el mejor de toda mi vida. Después nos besamos.

Las luces se encendieron, bajaron el volumen de la música y nos tomamos un delicioso postre que no pude disfrutar del todo porque aún no había dejado de llorar y estaba nerviosa y más feliz que nunca.



MissLess Loves El Chico de la Toalla.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Día ciento sesenta y seis.

He vuelto de un viaje al Tártaro de lo más interesante. He pasado los últimos 17 días sumida en la mierda. Así, sin paños calientes ni más mitologías. Pero ayer cuando me querían rematar tuve la suerte de encontrarme con gente maravillosa y desconocida que sin quererlo me abrió los ojos. Los antidepresivos para el que los necesite, yo no.

I'm back.



@SitaFreak

jueves, 26 de junio de 2014

Día ciento sesenta y cinco.

Por fin he encontrado el verso que me faltaba para el poema acróstico que es la vida.

Ayer pude ver que la luna era verde.

No sólo eso, miro por la ventana y veo cómo me mira verde y oronda mientras yo doy tres mil cuatrocientas cincuenta y dos vueltas en la cama. Le doy la espalda pero sigo notando su fría y gris mirada clavada en la nuca. Bajo de la cama. Pie derecho. Pie izquierdo. Deambulo por un pasillo infinito chocándome contra miles de cosas que antes no estaban ahí y que no recuerdo haber puesto, ¿no recoge uno lo que siembra? Llego ante una puerta desconocida para mí... ¿dónde estoy? Toco el pomo dispuesta a comprobar a dónde da la puerta pero no puedo abrirla porque me quemo, al apartar la mano veo cómo en mi palma reluce de un color rojo sangre tan brillante como el canto de los grillos la frase "I must not tell lies", miro de nuevo hacia la puerta y en lugar del pomo ahora hay una pluma que cae delicadamente al suelo mientras llora sangre. De pronto una risa me congela los pies. No está delante ni detrás, está dentro de mí. No es lo que digan los demás, siempre soy yo. Echo a correr pero no puedo, una jaula de cañas de bambú me rodea ahora y sólo veo una enorme cara blanca que se acerca riendo a carcajadas. Pero ya no está, vuelve a estar en mi cabeza. Tengo que salir de aquí. Ya no hay jaula. Ahorro corro. Choco contra un muro de cartón cubierto de frases de ánimo pero la tinta intenta intentar mantenerse y no lo consigue, comienza a deslizarse por el cartón hasta llegar al suelo pero ya no hay suelo y caigo. En mi caída me rodean miríadas de sonrisas. No. No. No son sonrisas son risas. Se están riendo de mí. Millones de manos apuntan con dedos corrompidos en mi dirección. Comienzo a escuchar los murmullos que llegan de todas partes. Lloro y vuelven las risas. Recuerdo la luna verde, maldita Selene. Y al mirar hacia arriba la veo de nuevo, ahora ella sonríe desde su trono lunático. ¿Y yo por qué lloro? Igual que ando dando paso tras paso salta una última lágrima de cada ojo. Y toco el suelo. Ya no hay risas ni murmullos ni dedos podridos que me señalen. Noto que algo se mueve a mi lado y al girarme veo de frente al Lobo Azul. Me mira con sus preciosos ojos color miel y me sonríe mostrándome los colmillos, con una leve reverencia me invita a subirme a su lomo para echar una carrera con Selene. No tengo miedo porque el Lobo está conmigo. Subo y volamos hasta que la furia del viento que me da en la cara me fuerza a sonreír. Con él puedo atravesar ríos de tinta y hiel. No recuerdo por qué lloraba pero sé que lo he hecho porque guardo una pequeña lágrima en la comisura de los labios. Llegamos a un bosque rojo como el fuego. Hace calor. El Lobo comienza a jadear y se para en seco. Frente a nosotros hay una enorme figura encapuchada. No tengo miedo. Recuerdo sus ojos color miel. Comienzo a flotar. Abro la puerta. Ahora está frente a mí. Me apunta. Despierto.




*MissLessEverything

martes, 25 de febrero de 2014

Día ciento sesenta y cuatro.

En canal: conclusiones.

Hoy, seguía dándole vueltas a una pregunta que me hacía un amigo hace unos días "¿sabes quién eres?". Le contesté que no pero quería saberlo... Y creo que me voy haciendo una ligera idea. *pausa, busco música de Extremoduro, continúo*

¿Quién soy? ¿Cómo soy? ¿Qué es de mí? Algunas veces había pensado en alguna de estas preguntas cuando tenía que rellenar estupideces cuestionarios, preparando entrevistas de trabajo... pero realmente no me había parado a pensarlo. ¿Quién soy?

Soy Paola. Tengo 24 años y soy yo.

Soy ridícula. Algunos lo maquillarían como "estrambótica", "distinta", "especial". No, no es ningún eufemismo de esos yo soy ridícula. Soy una persona ridícula que incita a la risa. No recuerdo una sola etapa de mi vida en la que no haya habido alguien que se haya reído de mí Y NO LO CULPO: mi forma de hablar, vestir... Lo primero es asumirlo "soy ridícula", ¿qué puedo hacer para evitarlo? Nada. Yo he nacido así, no puedes cambiar tu forma de ser *NO PUEDES* y pensándolo he caído en la cuenta de que mi mente ha creado un escudo contra mi ridiculez, ¿cuál? Una payasa. He intentado protegerme de la ridiculez siendo una auténtica payasa. No hay hora en el día *de cada día* en la que no haga un chiste. Los juegos de palabras, las rimas estúpidas, las imitaciones... ¡me pirran! ¿Y sabéis qué? Que soy más feliz pensando que se ríen conmigo y no de mí, ¿por qué me voy a quedar en ser únicamente ridícula? Soy ridícula y payasa, a mucha honra. Y sobre lo que decía arriba, no culpo a los que se rieron de mí, ¿por qué lo iba a hacer si ver reírse a alguien me hace feliz? Nain. A veces es duro ver cómo la gente te mira con desprecio como pensando que eres imbécil y dan ganas de levantarte y hacer alguna gilipollez aún más exagerada para descolocarlos un poquito más. ¡Aburridos!

También soy una llorona. No soy lo que han hecho de mí soy yo. Yo soy una llorona tanto para lo bueno como para lo malo. Y este es un verdadero problema porque la gente ve MAL que llores. Pero, ¿esa gente qué cree? ¿Que por decirle a alguien que no llore va a dejar de llorar? ¿Se preocupan en pensar por qué llora alguien? Ese ya no es mi problema, es un problema de esta sociedad que piensa en sí misma y después en sí misma otra vez por si se le ha olvidado algo. Ser una llorona o llorica, como me han llamado en infinidaaaad de ocasiones, no es algo que vaya a cambiar nunca, ¿por qué lo tengo que cambiar? ¿Porque alguien piense que lloro para conseguir aprobación o porque a esa misma persona mis lágrimas le hacen sentirse mal? Anda a la mierda.

Tengo las habilidades sociales de un mejillón. Mi infancia rodeada de libros y más libros me ha hecho ser una persona cerrada con muchas dificultades para conocer a gente nueva *problema problemón*. No sé de qué hablar con gente con la que no tengo nada en común. No sé qué chistes debo hacer en cada momento y me pongo a hablar de literatura con una puerta. Soy un absoluto desastre. Si tengo un problema me encierro en una habitación ¿y qué hago? Leer. Siempre he pensado que acabaré como Alonso Quijano y tengo suerte, ya casi no quedan molinos pero aún podría enfrentarme a algún aerogenerador.

Podría reflexionar y dejar de ser como soy para gustarle a más gente pero ¿por qué? ¿Por qué voy a cambiar mi forma de ser? ¿Para caerle bien a alguien al que le caigo mal? Eso es estúpido y eso es lo único que yo no soy: no soy estúpida.

Al contrario de lo que pueda parecer no soy para nada estúpida, puede que a veces me lo haga. Que me descubráis asintiendo mirando al vacío. Que finja no saber muchas cosas y que me haga la tonta muy bien pero sé demasiadas cosas. Demasiadas y desde hace muchos años. De ahí que sea tan payasa.



Y como soy TAN payasa os voy a hacer un regalo muy especial. Mis vídeos haciendo el gilipollas. Que los disfrutéis, chatos.


http://www.youtube.com/user/kebita/videos?flow=grid&view=0





*MissWhyNot

jueves, 16 de enero de 2014

Día ciento sesenta y tres.

Bastardos no quieren pan quieren perros que maltratar.

Ya siento algo aunque no me drogue y he dejado de echar carreras con Selene pero, joder, qué difícil es madurar cuando lo haces con 6 años, te vuelves imbécil a los 21 y vuelves a madurar con 24, ¿no? He descubierto la filosofía budista y la paz interior, ni siento ni padezco, me como las humillaciones y las malas palabras a cucharadas como si fuesen chocolate derretido con sabor a limón. Me he enamorado de la vida, me cogió de la muñeca y me hizo dar un paso atrás, me enamoré.

Me había vuelto completa e irremediablemente loca y, sin marcha atrás, había entrado en una caída libre a la nada. A la mierda, al vacío.

Aún así, sumida en la más profunda oscuridad como estaba, aún me pasaba dos tercios de mi día diciendo gilipolleces y regalando galletas cosa que, obviamente, no ha cambiado. Viva el pollerpower. Mientras tanto me ardía el corazón, ¿pero qué importa un corazón entre tantos? Ahora lo entiendo.

Ya no me muerdo la lengua y me enveneno porque ya no tengo veneno. Ya no puedo escribir sobre rubias que venden su cuerpo por un euro de mierda ni visitas al Infierno con esa rabia con la que escribí un día (esto + esto) porque ya no tengo rabia, ¿por qué ya no tengo rabia, joder?

Yo quiero ir al Tártaro, quiero matar a esas rubias una a una, quiero acabar con ellas, quiero bailar con los demonios, quiero huir a lomos del lobo azul, quiero comerme la luna, quiero entrar por la ventana bajo la que dormimos abrazados cada noche.

Ah, pues no, va a ser que lo único que quiero es dormir abrazados cada noche.






¡Y que le jodan al veneno!



@SitaFreak