lunes, 7 de agosto de 2017

Día ciento setenta y seis.

Hoy me he puesto la banda sonora de Amélie para escribirte a ti por todas las veces que la vimos juntos.

Hace un año te descubrían líquido en los pulmones -sumado a tu Cushing-. Recuerdo perfectamente la tarde del cinco de agosto, cuando te acercaste a mí sin apenas poder respirar y con esos ojos tan humanos me pediste ayuda. Te cogí en brazos y fuimos corriendo al veterinario. No podías respirar y yo me moría de miedo. Recuerdo como se me cayó el mundo encima cuando me dijeron que tenías líquido en los pulmones. Recuerdo como Lola, la veterinaria, me dijo "Paola, sé que tienes pánico a las agujas pero viene el fin de semana y nosotros no estamos, la medicación oral no va a ser suficiente, o le inyectas la que te voy a dar o no va a pasar el finde". "Sí, sí, sí, dame lo que sea, yo le pincho lo que haga falta". Entonces con todo el cariño del mundo me enseño cómo debía pincharte. Tú estabas tan quieto como siempre, te portabas tan bien. Dios, qué difícil es esto. 

Al llegar la noche de ese viernes tuve que pincharte otra vez. Me había quedado dormida esperando que se hiciera la hora pero cuando sonó el despertador que me había puesto por si acaso, recuerdo que me levanté del sofá como si tuviese un resorte, te cogí en brazos y te llevé al baño. Tenía tanto miedo mientras te llevaba conmigo, no quería fallarte. Llegamos al baño y te dejé en el suelo, te dije: "Gus, cariño, siéntate que te cure" y tú, como siempre que te decía aquella frase te sentaste y me diste la espalda como diciendo "haz lo que tengas que hacer que yo no quiero saber nada". Tenía el corazón roto y había estado toda la tarde aturullada por el pánico, temiendo la hora de la inyección, yo, que no podía ni ir a sacarme sangre. Pero verte tan valiente me dio fuerzas y no sé si por un segundo me convertí en una superheroína. Cogí la jeringuilla que Lola ya me había preparado, te cogí un pellizquito de piel y te inyecté la medicación. Después te di un pequeño masaje y te abracé y te besé y tú me limpiaste las lágrimas porque había comenzado a llorar. 

Llegó el sábado y tuve que volver a pincharte aunque parecía que estabas mejor, no me la quería jugar. Hoy me lo ha recordado una app. El sábado 6 de agosto publicaba en Twitter "No es tan fácil inyectarle a tu perro la medicación mientras intentas no desmayarte por tu fobia a las agujas" y "Pero merece la pena porque ya le veo respirar medio normal". Y llegó el domingo y respirabas normal. Yo no me lo podía creer, Gus. Y el lunes fuimos al veterinario y tampoco se lo creían. Habías sobrevivido. No te había fallado. Pero descubrieron que tenías un soplo en el corazón también y la medicación no era compatible con la de Cushing. 

Tuvimos que elegir y, aunque había empezado a salirte pelito en las patas de nuevo, tuvimos que elegir tu pastilla para el corazón porque era más importante. Y todo iba a mejorar. Pero no fue así. 

Un mes después, en la madrugada del cinco al seis de septiembre me desperté y no estabas en tu cama. Ni en tu sitio favorito del pasillo. Cuando te vi tirado en el suelo del salón sabía que estaba pasando lo que no quería creer. Desperté corriendo a tu padre perruno "Gus está muy mal, hay que llevarlo al veterinario". Te cogí en brazos, no respondías, tenías la mirada perdida y estabas muy frío, apenas te notaba la respiración o el corazón. Llamé a todos los teléfonos de urgencia de la clínica pero no contestaron a ninguno. Nos vestimos corriendo y te llevamos a la única clínica veterinaria 24 horas. "Ay, cómo viene el pobre", nos dijo el veterinario al vernos llegar. Leia iba con nosotros y parece que sabía algo porque ni ladraba. Recuerdo el viaje en coche hasta allí "Gus, por favor, Gus, Gus". No podía dejar de llorar, no quería aceptar lo que iba a pasar, no podía estar pasando. El siete de septiembre íbamos a celebrar nuestro noveno aniversario juntos. Eras tan joven. 

Te coloqué en la mesa del veterinario y le comenté lo que había pasado y lo de tus ataques de epilepsia, el líquido en los pulmones, el Cushing, el soplo... "Sí, muchos acaban muriendo por el Cushing... Me lo quedo esta noche y vemos cómo evoluciona". El veterinario te inyectó algo y salió un momento de la sala. Yo me acerqué a ti, ya no podías mirarme, no sé si podías verme pero te abracé, te besé y te dije que te quería. No sabía que sería la última vez. Si lo hubiese sabido... de haberlo sabido me habría quedado a tu lado hasta el final. 

Ha pasado casi un año y aún me siento culpable por no haberlo hecho. Pero no sé por qué en mi corazón algo me decía que ibas a vivir, que ibas a volver a superar otra enfermedad. Que esta vez no iba a ser diferente. 

Llegamos a casa sobre las cuatro de la mañana. Ángel y yo llorábamos desconsolados pero yo pensaba que a la mañana siguiente podría recogerte y estarías malito pero estaría contigo y te inyectaría lo que hiciese falta. Pero no fue así. Apenas dormimos nada ninguno de los dos. 

Al día siguiente me dirigí a la clínica a primera hora. Llamé al telefonillo, estaba dispuesta a recogerte y llevarte a casa. A quedarme contigo todo el tiempo que hiciera falta. Pero al preguntar por ti, por el yorkie que habíamos llevado la noche anterior, el veterinario, sin salir si quiera a la calle, me dijo "murió anoche". 

Falta un mes para que se cumpla un año de ese día y no he podido superarlo. Me siento culpable por no haber detectado antes la enfermedad, me siento culpable por haber puesto el trabajo por delante de ti, me siento culpable por no haber estado tus últimas horas de vida a tu lado. Aún sé que podía haber hecho algo más aunque la gente me dice que no, que ya hice bastante cuidándote tantos años con tu epilepsia y todas las cosas que te ocurrieron después. Te echo tanto de menos. 

Hace poco Inés, con sólo cinco añitos me preguntó: "Tía Paola, ¿por qué se ha muerto Gus?" Sólo pude contestarle que estabas malito y tuve que luchar conmigo misma para no derrumbarme allí mismo. 

Siento tanto dolor en el alma, tanta pena, tanta culpa que ni había podido escribir nada al respecto hasta hoy. Siento que te fueras tan joven, que nos dejases tan solos a los tres, Leia te echa muchísimo de menos. No te hemos olvidado y no te olvidaremos nunca porque fuiste el perro más bueno, cariñoso y adorable que ha existido nunca. 

Un trocito de mi corazón se fue para siempre contigo. 

Te echo de menos Gus-Gus, Gustavo Adolfo, mi trufeta. Nunca dejaré de echarte de menos y de quererte. 


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